miércoles, 11 de noviembre de 2015

Los ornamentos litúrgicos bordados como didáctica en el catolicismo ante la Reforma.

Texto presentado en el XIX Encuentro Nacional de Historia y Antropología Regionales, celebrado del 4 al 6 de noviembre de 2015 en la ciudad de La Paz, B.C.S.

Relegado como arte menor o arte suntuario, el bordado erudito ha desempeñado a lo largo de los últimos siglos un papel importante en la indumentaria de monarcas, cortesanos y clérigos. Su uso estaba pensado principalmente para vestiduras donde el fasto así lo exigía, y con ello mostrar la jerarquía y el poder de quienes las vestían. Es decir, el bordado históricamente ha tenido una trascendencia política y social.

Por bordado erudito, se entiende lo descrito por Floriano Cumbreño[1], quien señala las diferencias del bordado erudito o culto del bordado popular, las cuales están marcadas por tres factores. Primeramente el tipo de materiales de muy alta calidad. Es decir, se reservaban telas finas en la confección como terciopelo, brocado, damasco de seda como base del bordado; para el bordado mismo, se usaban hilos de oro, plata y seda, piedras preciosas y pequeñas piezas metálicas. Un segundo factor fue la ornamentación muy variada y en constante evolución a la par con el arte en general del momento. En este sentido, no era de extrañarse que los patrones a seguir en el bordado fueran elaborados por grandes dibujantes contratados por los propios bordadores o por quienes adquirían las prendas, ejemplo de ello es el dibujante y diseñador francés Charles Germain de Saint-Aubin quien fue contratado como diseñador para el rey Luis XV, y quien publicó un tratado sobre el bordado en 1770  (L'art du brodeur),  y que se ha convertido en una fuente importante de información técnica sobre la costura del s. XVIII. El último punto de diferenciación era la técnica: debido a su complejidad tan variada y diversa, y gracias a los tipos de materiales, el bordado se realizaba en diferentes planos, es decir, al alto y bajo relieve, con matizaciones tan perfectas que parecían pinturas, de ahí la técnica denominada “pintura de aguja”. Pero no solamente el bordado erudito estaba influenciado por las normas del arte en boga, varios acontecimientos religiosos y políticos impulsaron su desarrollo y profesionalización.

A través de documentos y de muestras textiles que han sobrevivido hasta nuestros días, podemos ubicar el bordado en diferentes épocas y regiones, destaquemos tres en particular siguiendo los estudios recientes. Entre las muestras más antiguas se encuentran los Epitaphios bizantinos, bordados realizados para las procesiones de Semana Santa en el periodo que comprende de 1260 – 1453, y cuya elaboración se convirtió en un arte mayor junto con la iconografía y la arquitectura de la iglesia. Los Epitaphios, tenían diversos usos, y dada su condición textil y su portabilidad eran ideales para la celebración de servicios religiosos cerca de los campos de batalla, así como para las misiones de evangelización en los territorios paganos; siendo estos los más grandes ejemplos artísticos bordados de ese periodo. Un segundo momento a destacar es el que comprende desde mediados del s. XIII y hasta la primera mitad del XIV cuando Inglaterra fue  centro del bordado fino conocido como Opus Anglicanum, que se exportó a toda Europa donde resultaba muy apreciado. Este tipo de bordado incluyó principalmente la parafernalia litúrgica, aunque también textiles seculares. En lo referente a las piezas litúrgicas, gran parte de lo que perdura hasta nuestros días  ha llegado de forma fragmentaria debido a que, una cantidad significativa pereció en la Reforma Protestante. Finalmente autores como Andueza,[2] refieren a la “Edad de Oro” del bordado español a lo largo del siglo XVI y en menor medida el XVII, en este periodo el bordado erudito alcanza su mayor esplendor en cuanto a profesionalización de las técnicas y materiales. Fue así que, cuando aquellos misioneros peninsulares atravesaron el Atlántico, llegaron los primeros ornamentos bordados a tierras indias.

En el presente trabajo me interesa centrar la atención en el bordado como elemento didáctico, dentro de las peripecias de la historia del catolicismo, y apoyado por el barroquismo como parte esencial de una manipulación estética a favor de la persuasión de los de los hombres, como medio de inserción en la ortodoxia religiosa y en la vida social del momento.[3]

Uno de esos acontecimientos coyunturales es la Reforma Protestante. Con las duras críticas de Lutero hacia la Iglesia en 1520, dos de sus cuestionamientos principales estuvieron dirigidos hacia el sacerdocio y la iconografía, por tal motivo los ornamentos quedaban fuera de toda posibilidad en la “nueva” religión. Con Lutero y sus seguidores se originó una época de destrucción masiva de imágenes e iconografía al interior de los templos, parte de sus postulados fueron que la vinculación con Dios debía hacerse de forma directa y sin intermediarios, en este caso sin ningún objeto ni persona de por medio, en total austeridad.[4]

En el siglo XVI para hacer frente a las reformas luteranas, la Iglesia Católica emprendió una empresa de reconstrucción de los espacios religiosos, principalmente los templos, con objetos ostentosos que definieran y ensalzaran el culto y la liturgia; otro punto a considerar fue la imagen del sacerdote, que a través del enriquecimiento de las vestiduras litúrgicas, y en combinación de lo artístico del metal y el bordado, dio paso al esplendor de brillantes y complejos bordados en casullas, dalmáticas y capas pluviales. Fue mediante las reformas disciplinarias del Concilio de Trento que surgió toda una doctrina de moralización del clero y una sistematización de la liturgia que, a su vez, originaron una “doctrina” de lo material u ornamental con especial profesionalización en un Barroco que en sus diversas etapas y penetraciones espaciales, brindó el escenario perfecto para una iconografía renovada tanto en lo sagrado como en lo profano. Esa ornamentación tuvo importantes consecuencias para la evangelización de Europa y surge una reorganización de la Iglesia con la capacidad de imponer los preceptos conciliares.[5] Fue así, que la Iglesia Católica emprendió la reconstrucción de diversos aspectos que pudieran cimentar a la Institución que se había visto cimbrada con tales cuestionamientos.

Respecto de la imagen del sacerdote recordemos que venían de una tradición en la que más bien tenían prácticas tan mundanas como cualquiera, tuvieron que ser sometidos por las mismas autoridades a juicios valorativos que, en muchas ocasiones provenían de la exigencia de los propios fieles[6]. “El clero debía reflejar bien su carácter de personas sagradas, cultural, económica y moralmente por encima de los fieles a su cargo.”[7]

En la tercera parte de este trabajo es importante destacar cómo de este enfrentamiento surgió, como es sabido, un arte clásicamente denominado barroco. La exuberancia de la decoración y la compleja manera de combinar diferentes elementos, las artes textiles y suntuarias, son fiel reflejo de ese barroco que impulsaba la combinación en los espacios sagrados de la pintura, la escultura, muebles y textiles; estos últimos, lejos de ser ajenos a este fenómeno, por el contrario son muestra de la función religiosa de este nuevo arte al servicio de la Contrarreforma. En el caso concreto del bordado, se trató de la confección de ornamentos sacerdotales bajo la forma de ternos.

Los ternos fueron como un medio para ilustrar y mover los sentimientos de los fieles hacia el sentimiento católico, basta para una mejor comprensión de esta actitud un fragmento del decreto tridentino en el que solicita que: “por medio de las historias de los misterios de nuestra Redención descritas en pinturas o en otras representaciones, el pueblo sea instruido y confirmado en el hábito de recordar y meditar continuamente los artículos de la fe”.[8] Aunado a esto, es importante entender que la fastuosidad en la elaboración de estos ornamentos no obedece únicamente a las directrices que marcaba el arte en su momento, sino que las disposiciones eclesiásticas para su elaboración contaban con una larga tradición, de inspiración bíblica incluso, fácilmente ubicable en el Éxodo, el Levítico o los Salmos, por ejemplo. Cuando se propone al ornamento litúrgico como un instrumento  dentro de la didáctica dentro del catolicismo, es con base en las representaciones encontradas en los ternos historiados, es decir, en las prendas que cuentan con representaciones de los misterios bíblicos en la técnica de pintura de aguja, ya sea en la parte frontal o trasera de casullas, dalmáticas o capas pluviales, y que cumplen perfectamente con lo mandado en el fragmento citado.

Por otra parte, el trabajo realizado por las diversas órdenes religiosas permitió la difusión de las ideas tridentinas, destaquemos la labor realizada por la Compañía de Jesús, cuya prioridad no era la liturgia, sino la celebración de los oficios de la vida conventual,[9] más es importante resaltar que gracias al “teatro jesuítico”, se favoreció la creación de cierta persuasión por la vía del asombro. De esta manera, la Contrarreforma, en contraposición al mensaje protestante, tendió a reforzar el rol de los sacramentos y de los dogmas, por tanto, del sacerdote revestido de ornamentos bordados como elementos esenciales del culto y la transmisión de la religión.[10] Queda pendiente el constatar si el fin didáctico de esas prendas que aquí se propone, se cumplió en algún grado según lo esperado por aquel clero contrarreformista.

A pesar de contar con una larga duración dentro del fasto religioso, la ornamentación litúrgica declina en una moderación significativa. De aquellos exuberantes bordados con hilos de oro y plata, de seda y pedrería, de ricas y finas telas, en la actualidad queda muy poco gracias a la reforma litúrgica del Concilio Vaticano II. Es así como cuatro siglos, por lo menos, de ostentación textil religiosa devienen en piezas por demás simples, supliendo los trabajos de aquellas manos de grandes bordadores algunos pobres bordados de manufactura industrial.

En estas primeras aproximaciones al tema nos hemos dado cuenta de que la historiografía mexicana no ha sido benevolente con el estudio este, que también puede considerarse un patrimonio cultural, aun cuando desde décadas atrás se han venido realizando investigaciones en diferentes países, a partir de la perspectiva de la Historia de la Cultura Material. También debemos tener en cuenta que la restauración de bienes materiales en nuestro país, en este caso los textiles, es relativamente nueva, aunado a la poca cultura de la conservación o la correcta intervención. Siendo un trabajo aun inconcluso, quedan muchas preguntas por hacer y un puñado más por resolver.

-          [1] Pérez Sánchez, Manuel, La técnicas, Murcia, Universidad de Murcia, 1999, El arte del bordado y del tejido en Murcia siglos XVI-XIX, pp. 186.
[2] Andueza Pérez, A, El arte del bordado en Navarra en los siglos XVI y XVII: Andrés de Salinas, Archivo Español de Arte, Vol. 76, No 303, 2003, http://dx.doi.org/10.3989/aearte.2003.v76.i303.277, [consultado el 18 de octubre de 2015].
[3] Valenzuela Márquez, Jaime, Contrarreforma y barroco. La nueva militancia de una piedad tradicional, Chile, Dibam, Las liturgias del poder: celebraciones públicas y estrategias persuasivas en Chile colonial (1609-1709), pp. 138.
[4] Lamaitre, Nicole, “Las vías de la reforma”, en Alain Corbin (dir), Historia del Cristianismo, Barcelona, Ariel, 2008, pp. 263-264.
[5] Ítem, Manuel Pérez Sánchez.
[6] Delumeau, Jean, El catolicismo de Lutero a Voltaire, Barcelona, Labor, 1973, “Cristianización”, pp. 217-250
[7] Carbajal López, David, (2013), Fastos clericales en la villa de Orizaba, 1700-1834, Revista del Seminario de   Historia Mexicana Diversae, 1, 97-123.
[8] Pfieffer, Heinrich S.J., 2005, Los jesuitas y los orígenes del teatro barroco en Europa, Artes de México. Arte y espiritualidad jesuitas II. Contemplación para alcanzar amor, 76, pp. 47
[9] Po-Chia Hsia, Ronie, Las nuevas órdenes religiosas, Madrid, Akal, 2005, El mundo de la renovación católica, 1540-1770, pp. 50.
[10] Ítem,  Jaime Valenzuela Márquez

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